Fray Angélico y el Pintor Divino

by Fr. Cristóbal Torres Iglesias, OP

Mar. 17
2012

Como parte de nuestro proyecto Vox Clamantis: Voces dominicos sobre la justicia social en el mundo contemporáneo, les ofrecemos este artículo en español, parte de la semana sobre el Cuidado de la Creación.

 

 Tanto su santidad como la belleza de su obra le ganaron al fraile dominico Giovanni da Fiesole el apodo de Fray Angélico.  Fray Angélico se destaca en parte por su ubicación histórica y estilística entre dos períodos claves del arte occidental: el Gótico tardío y el Renacimiento.  Un análisis más profundo de su obra nos revela un genio que supo plasmar sobre los muros de las celdas de sus cofrades, de modo original y profético, los frutos de una vida entregada a la contemplación.  Al contemplar la obra del fraile de Fiésole, damos con el maravilloso e inquietante misterio del llamado que Dios hace a toda persona humana a participar en la obra divina de la creación.  

 

La creación es, más que autorrevelación, autodonación de un Dios de amor; es un extravagante desbordamiento por medio de insondables signos, sombras y luces, ricas y casi infinitas texturas y colores.  El Dios de la revelación cristiana es antes que nada  pintor y artista por excelencia: La creatividad del Padre se desborda en los colores que encarnan al Verbo en la textura que llamamos universo, lienzo donde el Espíritu Santo va revelando los trazos peripéticos de la providencia.  La creación es el signo primordial del desbordante amor de Dios, y crear, el prototípico acto divino.  La Encarnación, además de ser centro y cúspide de la creatividad divina, invita a la persona humana a participar en este acto.  En Cristo, el hombre-Dios, el pintor divino hace lo inaudito y nos entrega el pincel, sin dejar de impregnar la obra de su propio Ser.  

 

En la unión íntima entre lienzo y color Dios nos hace copartícipes, invitándonos a contar nuestra historia a la vez que nos llama a proclamar la historia de su desbordamiento creativo, la apasionante historia del pintor divino que arde tanto de amor que se desdibuja por su obra, infundiéndole su aliento y entregándole su sangre.  Al desdibujarse de tal manera, nos educa el pintor, haciéndonos parte de su escuela, capacitándonos para imitarle y así participar plenamente en la confección del cuadro.  La obra maestra es a la vez autorrevelación de Dios y narrativa cósmica.  Es la historia de nuestra creación, evolución, y redención, que culminará en pasión y gloria cuando pintor y obra se unan para siempre en un abrazo tierno e infinito.

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